VIVIR EN EL HINDENBURG

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Uno piensa que puede ser una buena idea, y ahí se queda durante mucho tiempo. Dar el paso es otra cosa, y a mí se me hizo más cuesta arriba de lo esperado inicialmente, en parte por la perrería que me es propia, en parte por indecisión ante el reto de "colgar" mis reflexiones. Si en todas las decisiones hay un momento de no retorno, en este caso se produjo cuando me vi en la tesitura de tener que ponerle título al invento.

Algo leo, lo confieso, y cuando lo hago soy consciente que la novela en cuestión, o el ensayo o el artículo, tienen título. Pero una cosa es saberlo y otra muy distinta hacerlo, así que cuando la maquinita me preguntó me entró el pánico: aborté la operación de inmediato, apagué el ordenador y me escondí en mi cuarto, que no hay peor fracaso que el fracaso inconfesable.

Más vueltas, más dudas. Tenía que ser un título con mensaje, por supuesto, pero lo suficientemente abierto como para incitar a la reflexión, aunque no tanto como para perderse en los vericuetos de la psicodelia o el pop art. Con contenido político y social, pero no prepotente; con un toque chic, sin llegar ser esnob. Dos semanas más tarde, y tras un proceso de selección exigente, mezcla de Human Capital y Operación Triunfo, ya tenía mi título, y me sentí orgulloso. A fin de cuentas, me costó casi tanto como el universitario y a todas luces parecía mucho más útil.

El Hindenburg fue un dirigible (o zeppelín) alemán, el más grande artefacto volador construido por el ser humano (bueno, tenía un hermano gemelo, el LZ 130 Graf Zeppelin), que se incendió cuando sobrevolaba Virginia (EE.UU.) en 1937. Esta catástrofe marcó un antes y un después en la carrera aeronáutica, ya que prácticamente estos aparatos se dejaron de fabricar. Por qué usaba hidrógeno en vez de helio, cómo funcionaba su sala de fumadores o si resulta más o menos ecológico recuperar su producción lo dejaremos para quienes quieran sacar nota. Lo que aquí nos ocupa es el simbolismo de la metáfora (ahí es nada), cómo el Hindenburg representa el planeta tierra y nosotros el pueblo deseoso de someterlo, el espejismo de una vida irreal y peligrosa que puede estallar en cualquier momento, incendiándolo todo, cuando se desate la tormenta y empiecen a saltar chispas en nuestro particular Fuego de San Telmo.

"Vivir en el Hindenburg" es un buen título, tan bueno que me pasé otra semana investigando si ya se le había ocurrido a alguien. Y no encontré casi nada. Bueno sí, encontré que en economía hay una cosa que denominan Hindenburg Omen (o Presagio de Hindenburg) para referirse a una premonición de una catástrofe bursátil. Ya podían haber tenido uno de esos hace tres o cuatro años.

Resumiendo, que tenía un buen título y así se lo hice saber a la amable maquinita cuando rellené el formulario. Algo debí hacer mal, así que en el título de esta sección no aparece mi romántica reseña, sino mi nombre. Quizá era mucho título para tan poco contenido, quizá sea un título reservado para más altas empresas. Ya se sabe, los microchips escriben recto con renglones torcidos.

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