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MILMILLONARIOS

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2010 nos dejó como había venido: sumidos en una profunda crisis económica y social. Muchos deseamos que acabara ese maldito año, impacientes por poner una fecha final a la angustia, con la infantil ilusión de dar la entrada a un nuevo ciclo que nos trajera un poco de esperanza y sin querer acordarnos que eso mismo hicimos el año anterior. Doce meses para olvidar, o mejor aún, para recordar con la sana intención de aprender de la experiencia, de sacar conclusiones que nos permitan no volver a tropezar.

Pero hace unos días el mundo descubrió que 2010 no había sido un mal año; incluso podríamos decir que ha sido bueno. Lo ha sido para quienes marcan los ritmos, para quienes toman las decisiones, para quienes deciden la agenda de ese eufemismo que camina a nuestro lado como si siempre hubiese estado allí: los mercados.

Todo el mundo sabe que la banca gana dinero, tanto cuando éste circula a manos llenas como cuando desaparece esquivo como los ojos del Guadiana. También aceptamos con estúpida resignación que los ejecutivos y consejeros de las grandes empresas (esos mismos que dicen a quienes quieren oírles y a quienes no que se acabaron los tiempos de las "vacas gordas", que hay que apretarse el cinturón y reducir los insostenibles gastos sociales que asfixian la economía), que año tras años aumenten sus sueldos y bonos con absoluta desfachatez. Tampoco esperamos mucho de los políticos y las fuerzas sociales, en su inmensa mayoría cómodamente sentados en su poltrona, con los bolsillos llenos y el estómago agradecido.

Lo sabemos y lo asumimos, salivando como perros condicionados por Pavlov ante las migajas que nos ofrecen, íntimamente convencidos de que otros están peor y que por lo tanto seguimos perteneciendo al selecto grupo de los privilegiados. Hasta que uno coge el periódico y lee que en la actualidad hay en el mundo ¡1210 milmillonarios!, y que eso supone un aumento con respecto al anterior de ¡un 25%! ¿Pero los banqueros y los grandes empresarios no eran cuatro gatos con chistera y puro? ¿Cómo es posible con la que está cayendo que haya más ricos que nunca? ¿La crisis no es para todos?

Luego, aún en estado de  shock, uno no puede evitar pensar que hay más ricos y hay más pobres que antes. ¿O acaso hay más ricos porque hay más pobres? ¿Necesitan los ricos crear pobreza para hacerse más ricos? ¿Es que nadie se acuerda que el señor Adam Smith, profeta del capitalismo, cuando entregó al pueblo (elegido, por supuesto) las tablas de la ley del mercado aseguraba que la riqueza produce justicia social?

Petróleo, materias primas, cereales, ¡chocolate!... Todo es susceptible de especulación, quien tiene compra y retiene, provoca la subida de los precios y entonces vende, añadiendo un par de ceros a la cuenta de resultados. Es una ecuación muy simple, pero al despejar la equis se acaba también con el presente y el futuro de millones de personas. ¿Estas son las manos en las que estamos?

EL CLUB

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Terremoto, tsunami, alarma nuclear. Japón, la tercera potencia económica mundial, es sin duda el país mejor preparado para enfrentar la situación: sus construcciones son estructuralmente mejores que las del resto, tiene recursos y tecnología para afrontar una crisis extrema, y la voluntad y el compromiso de sus habitantes para sacrificar sus intereses personales en pos del bien común está más que demostrada. Si hay algún país en el mundo capaz de salir adelante en estas circunstancias, es el nipón.

Pero parece que eso no es suficiente, al menos para los mercados. Minutos después de la catástrofe, las empresas aseguradoras sufrieron el primer batacazo y sus cotizaciones en bolsa se desplomaron ante la lluvia de indemnizaciones que estaba por venir. A medida que la situación empeoraba, las empresas japonesas seguían la misma suerte, constatándose en la semana posterior al seísmo descensos del índice Nikkei en torno al 10%.

Y eso que Japón es miembro destacado del "Club", paradigma del consumismo y uno de los buques insignia del capitalismo más exitoso. Pero los mercados no saben de amistades ni camaraderías, no cuando hay negocio. Los mercados no se preguntan si está en su mano ayudar a un socio en apuros; ni siquiera se plantean la rentabilidad a largo plazo. Lo único que les interesa saber es cuáles son las expectativas para invertir en la dirección más provechosa para sus intereses. Acudieron como carroñeros que siguen a un animal herido, esperando el momento oportuno para sacar tajada. Sólo la intervención del G7 y las inyecciones de capital del propio gobierno japonés han frenado, de momento, la caída libre de una economía, y con ella la de todo un país. Pero si por desgracia hubiese otro tropiezo, en forma de réplica o catástrofe nuclear o falta de liquidez o lo que fuera, si Japón sufre una recaída en su delicado estado de salud, de nuevo los mercados sacarán a subasta (no pública, sino reducida a su selecta clientela), los restos del naufragio. Y a otra cosa, que no es nada personal.

Y lo peor de todo es que a nadie le sorprende. Vivimos con absoluta normalidad que al menor síntoma de debilidad, las fauces de las hienas saliven ante el anuncio del inminente festín. Los mercados no arriman el hombro, se limitan a seguir el olor de la sangre; no aportan, sólo especulan. Hay quien está haciendo negocio, una vez más, con el sufrimiento y el dolor ajeno, inmisericorde ante la suplica de aquél que, tanto si es miembro honorario del "Club" como si no es más que el que limpia los retretes a cambio de unas monedas, implora un poco de solidaridad.

Japón saldrá adelante, eso espero, porque tiene un pueblo capaz y disciplinado, y al igual que hizo tras la Segunda Guerra Mundial, volverá a levantar cabeza. Pero de lo que no me cabe la menor duda es que en ese proceso, plagado de angustia y sacrificio, los especuladores sacarán tajada. Otra vez.

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